El matrimonio tradicional chino no se diseñó principalmente para “expresar amor”, sino para ordenar deberes, asegurar la continuidad del linaje y estabilizar una jerarquía familiar. Dentro de esa lógica, la diferencia entre esposa (妻, qī) y concubina (妾, qiè) no era un matiz moral, sino una distinción institucional con efectos sociales y jurídicos. Entender esa estructura ayuda a leer con más precisión la historia familiar china y ciertas referencias culturales que todavía aparecen en discursos contemporáneos.
1. Un modelo histórico: “una esposa” y “varias mujeres subordinadas”
En la China antigua, la organización familiar se desarrolló en un marco predominantemente patriarcal, donde la pluralidad femenina en torno a un varón podía existir bajo formas distintas. Los relatos más tempranos incluso muestran momentos en los que la jerarquía interna aún no estaba fijada con claridad. Con la consolidación de un orden ritual y jerárquico, esa “pluralidad” se reconfiguró: el sistema terminó definiendo una esposa principal y otras mujeres en posiciones subordinadas.
En la dinastía Zhou, por ejemplo, se perfila una estructura donde el varón podía casarse con una mujer y, al mismo tiempo, incorporar a hermanas o parientes cercanas de ella en una condición inferior. En este marco aparecen las concubinas “ritualmente vinculadas” a la esposa principal, llamadas ying (媵): su estatus era menor que el de la esposa formal, aunque no se trataba de una relación oculta.
Junto a esta figura existían otras realidades: en algunos casos, podía haber relaciones sexuales con sirvientas sin que ello se tradujera en un reconocimiento social o ritual comparable al de la concubina. En términos modernos, sería un plano distinto: no equivalía ni a un matrimonio público ni a una figura plenamente institucionalizada.
2. Del límite ritual a la expansión: concubinato sin número ni origen fijo
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