Cada vez que empieza un Mundial, en China vuelve la misma pregunta incómoda: ¿por qué un país de más de mil millones de habitantes, con enormes recursos deportivos y un mercado futbolístico gigantesco, casi nunca está en la Copa Mundial?
La respuesta fácil sería hablar de falta de talento, mala formación o bajo nivel competitivo. Pero esa explicación se queda corta. En el fútbol chino, los malos resultados no pueden separarse de una crisis más profunda: la pérdida de confianza en las instituciones que organizan, financian, seleccionan y disciplinan el deporte.
Desde finales de 2022, una nueva ola anticorrupción reveló que el problema no estaba solo en el campo. La investigación alcanzó a entrenadores, dirigentes de la Asociación China de Fútbol, responsables de arbitraje, directivos de clubes y altos cargos del sistema deportivo. Lo que parecía una crisis deportiva terminó mostrando una crisis de gobernanza.
Una tormenta que empezó con Li Tie
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